jueves, 25 de octubre de 2018

UTILIDAD DE LO APOTROPAICO ( Y 2)


Los estudios de Vauchez

Nos hemos alejado de nuestro objetivo y hemos de regresar a encontrar la justificación de la inexistencia de cementerios al inicio del románico y la imperiosa necesidad que se desata desde Roma de que los fieles deben ser enterrados en sagrado, lo que une sin excusa la iglesia románica y los enterramientos. Y para proteger a todos esos antepasados se colocan mensajes anti-diablo, elementos apotropaicos que informen al acosador maligno que alguien se ocupa de aquellos difuntos, que no están a su merced, y al tiempo los usuarios se reconfortan por esa protección.
André Vauchez en su obra “Los laicos en la Edad Media. Prácticas y experiencia religiosas” se refiere a Francia, pero no será muy diferente a nosotros en lo que respecta a los cementerios.
Detalle del diablo vigilante en la cumbre de Santa Marta de Tera.

El paso gradual del paganismo al cristianismo significa la obliteración de éste sobre las supersticiones y tradiciones que vienen desde la antigüedad, especialmente en el campo, y el mantenimiento de aquello –protección de las cosechas, de los hogares, de los animales y las personas- que había resultado eficaz. “Si el Dios de los cristianos les procuraba la victoria sobre sus adversarios, por qué no reconocer su superioridad y adherirse a su culto?” dice Vauchez.
 Si los amuletos en forma de sexo se habían revelado eficaces en la dominación romana, los signos anti-diablo como las muecas, los laberintos, el sexo, la propia imagen del diablo, todo ello tenía la misma función de proteger, ¿tan difícil sería convencer al nuevo pastor, que casi siempre procedía del propio pueblo, de que no se invocaba con ello al Maligno, sino todo lo contrario, se le ahuyentaba? No hace falta recordar aquella recomendación del Papa a quienes iban a  cristianizar Irlanda de que no talaran el árbol bajo el que danzaban y comían los habitantes del campo, sino que colocaran con la aquiescencia de los parroquianos una imagen de la Virgen o de un Santo en una rama para  convencerles luego de que lo que adoraban no era al árbol sino a un personaje divino que iba a ser también eficaz protector. Todo ello con mucha delicadeza no fueran a talar ellos lo que no era el árbol.
Intrigante canecillo (no está roto) de un objeto en el alero de Santa Marta de Tera, junto a un león que vuelve la cabeza

Sigamos con el artículo citado, en el que se insiste en la frecuencia del uso de las reliquias como sanadoras y protectoras. Entre el Dios lejano y enigmático y los recién convertidos, había unos intermediarios, los santos, cuyas reliquias se difundían profusamente, y antes los ángeles, como San Miguel, tan presente en las torres de muchas iglesias románicas. Tan alto, que estaba más cerca de Dios. “Se podría ver en los santos cristianos, simples sucesores de los dioses del paganismo, mutación religiosa  con la destrucción de los bosques sagrados, fuentes y lagos desacralizados sustituyendo la veneración de las fuerzas naturales por la nueva relación entre lo divino y lo humano con la intermediación de los santos humanos.  El poder de las reliquias se transmite a los objetos que han estado en contacto con ellas: el aceite del santuario, telas puestas en la tumba, etc.”

“La ola de sepultura junto a los santos condujo a hacer de la iglesia un lugar de enterramiento y contribuyó a reintegrar los difuntos en el espacio habitado. En el cristianismo medieval los muertos no están jamás lejos de los vivos y esperarán en medio de ellos el dia de la resurrección final.”
Relieve de carácter sexual, quizás procedente de un edificio anterior en Santa Marta de Tera (Zamora) sobre el cementerio

Trata al final el tema de las Rogativas, a partir del siglo V. implorando a los santos protección contra los males de la estación. Se usan cruces y campanas. “Purgan los fieles la atmósfera de la presencia nefasta del diablo que, como todos saben, es el origen de las tormentas; los cánticos participan igualmente en el proceso. (Para nosotros –añade-decimos que con el canto Sancte Deus, sanstefortis, sanste et demortaliz miserere nobis, los demonios se alejan) y restablecen la armonía en el cielo. En numerosas comunidades rurales hasta época reciente, había hombres que estaban especialmente retribuidos por la comunidad para hacer sonar las campanas al aproximarse nubes negras portadores de hielo.”
Lugares de inhumación y espacios consagrados

Este interesante artículo, subtitulado “El viaje del Papa Urbano II en Francia entre Agosto de 1095 y Agosto de 1096” firmado por Elisabeth Zadora-Rio forma parte del libro de Vauchez “Lieux sacrés, lieux de culte, sanctuaires”.
Dice Vauchez en la introducción que “un templo será a veces construido sobre el sitio o a proximidad inmediata de un lugar sagrado, pero no será debido a que ese emplazamiento es sagrado. Al contrario, es el carácter sagrado del emplazamiento el que provoca la erección del santuario”.
Canecillo de dama exhibicionista en S.Esteban de Corullón (León) en postura muy próxima a a sheela-na-gig

Entrando al tema, distingue la investigadora tres etapas en la formación del cementerio cristiano: la primera es la constitución alrededor del lugar de culto que viene siendo respetado desde antiguo, de un perímetro para el derecho de asilo, los 50 pasos en torno a la iglesia, que se consolida a partir del siglo X en la figura de la Paz de Dios.
Una segunda etapa es el reagrupamiento de inhumaciones en torno y alrededor de la iglesia.
Una tercera etapa es señalada por la aparición del rito de la consagración, que se constituye tardíamente porque no se constata antes del siglo X. La consagración sustraía al cementerio del mundo profano y da un carácter sagrado a un territorio  que hasta entonces no estaba jurídicamente protegido. La sacralidad del espacio funerario le era conferida por un rito específico en vez de resultar de la simple vecindad. La primera mención de una consagración de cementerio en la documentación cluniacense es un acta de 1088 en Francia y como hemos visto algo antes en Cataluña. Sin embargo, se discutía la necesidad de ser enterrado en el cementerio: Honorio de Autun –cuenta Zadora-Rio- al inicio del siglo XII no estaba convencido de la necesidad para un cristiano de ser inhumado en un cementerio, “porque el mundo entero es el templo de Dios, consagrado por la sangre de Cristo”. También se debatía si era suficiente con que una procesión del obispo alrededor del cementerio en el momento de la consagración de la iglesia sería suficiente.
En el periodo del año que cita la historiadora sobre el viaje del Papa en 1095, consagró no menos de 29 templos. Cuenta René Crozet que en muchos casos era la renovación y consolidación de enclaves ya establecidos.
Otra variante de la mujer exhibicionista en el alero de S.Esteban de Corullón (León)
Todas las fotos de esta iglesia se deben a un excelente fotógrafo de Bilbao

El hecho de que el papa haya consagrado personalmente cinco cementerios en el curso de su viaje (reagrupando dispersiones como cementerios para peregrinos, otro para monjes, otro para laicos, etc.) parece mostrar una voluntad de acentuar la sacralización de los espacios funerarios. Es de destacar la existencia de cementerios habitados a finales del XI y principios del XII porque “al final del siglo XI la cohabitación de vivos y muertos no era una novedad: si la génesis de los cementerios parroquiales está aún mal documentada por la arqueología, las excavaciones de los últimos años revelan que las sepulturas, aisladas o en pequeños grupos, aparecen mezclada con el hábitat rural en la Alta Edad Media, y la existencia de cementerios habitados está bien atestada por las fuentes del siglo XI. Un fenómeno nuevo está apareciendo, no obstante, al final del siglo XI y extendido al XII: la creación de cementerios fundados ex nihilo, antes incluso de la construcción de la iglesia y destinados directamente a recibir vivos y difuntos. Estos cementerios son también los primeros para los que se especifica que sean consagrados por el obispo.”
Cementerio de Vega de Bur, a las afueras del pueblo, donde se trasladó esta bella portada.Incluso un panteón en el recinto está rematado con canecillos que no hemos podido estudiar


La constancia de que las iglesias estaban rodeadas de tumbas e incluso utilizadas como cementerios, nos debe conducir al interés de los usuarios y sus pastores de proteger los difuntos, cuyas almas podían quedar  en torno a sus sepulturas, ya que aún no se había “inventado” el purgatorio y por ello los vivos debían cuidar de sus almas también para que no les molestara en su vida diaria. Y la forma era colocar en la iglesia el equivalente de lo que protegía a los vivos mediante amuletos sexuales, bullas, corales, y luego cruces y trozos de oraciones. Todo ello era útil para ahuyentar al diablo y evitar el aojamiento. Siempre que el diablo no fuera invocado para favorecer cualquier acción, sino al contrario, se utilizaran medios (campanas, letanías,etc.) para alejarlo, era aceptado por la comunidad.

Y final con Alejandro García Avilés

En un fascinante trabajo que se editará en breve del catedrático de la Universidad de Murcia, Alejandro García Avilés, bien conocido como codirector de los Coloquios Ars Medievalis que promueve la Fundación que patrocina esta página, y que formará parte de una edición dirigida nada menos que por Jean Claude Schmitt,( de quien tenemos varios trabajos porque representa lo que llevamos clamando hace años: el estudio antropológico del Arte); el doctor García Avilés realiza un estudio de los magos medievales y su papel positivo y negativo, según el bando en el que intervienen. Así, nos quedamos maravillados al identificar a dos magos, rivales de Moisés en el episodio de la vara que se convierte en serpiente, luciendo habilidades ante el faraón. Pasando por Cristo, a quien se le consideró mago en su tiempo, los Reyes de Oriente que reconocen a un mago superior, o  Salomón, que nos parece un personaje poco estudiado. Un trabajo plagado de referencias, que hemos tenido el honor de conocer en borrador, y donde la relación de estudiosos  citados se nos hace familiar porque hemos usado sus trabajos.
Extraño ser de claro sentido infernal que pulula por los aleros de Santa Marta de Tera (Zamora). Recuerda a Matalbaniega

Señala el autor cómo la ausencia de documentación indicando el valor apotropaico de objetos y esculturas ha influido en que los historiadores lo relacionaran con la superstición o el  folklore. “Algunas fuentes se pueden aportar mirando las esculturas en canecillos y gárgolas decoradas con animales mostrando su poderosa ferocidad como presencias apotropaicas en los espacios liminales de la iglesia”. Pese a que los Padres de la Iglesia condenaban el uso de amuletos y talismanes en sus escritos, la realidad superaba esas prevenciones y vemos, por ejemplo, cuadros de la Sagrada Familia en los que el Niño tiene corales colgados al cuello, una vez más, protegiendo a una figura sagrada del mal de ojo.
El Niño lleva al cuelo un collar de coral rojo, protector contra el mal.

“Amuletos y talismanes no sólo se colgaban o llevaban en sombreros y vestidos para invocar el poder celestial contra el mal, protección contra el daño o maldición de los enemigos y procurando éxito en los negocios, sino que eran colocados en muros y junto a las puertas para alejar al demonio. Con una similar profiláctica intención, los espacios liminales de las iglesias románicas son decorados con miríadas de figuras apotropaicas, donde las imágenes cristianas coexisten con otras de presumible origen pagano, como el caso de las sheela-na-gig”. No podemos “robar” más sugestivos comentarios del borrador del profesor, que considera –como hemos dicho más veces- que la utilidad de esas figuras obedecía al principio de “similia similibus curantur”.
Escrito en inglés, esperamos esa publicación para acompañar al último libro editado sobre las sheelas que nos ha recomendado el doctor García Avilés y que estamos disfrutando, de Starr Goode “Sheela-na-gig, The dark goddes of sacred power” y que pronto comentaremos aquí. Sin duda, el estudio de la antropología en la Historia del Arte, que al parecer nació en los pasados sesenta, nos abrirá la puerta a comprender la iconografía obscena de las iglesias románicas que tanto debate han despertado en estos años.
La sheela-na-gig de S.Martin de Mondoñedo (Lugo) junto a Foz, la única clara que hemos encontrado en España

Para cerrar la cita del dr.García Avilés, retomamos su primera publicación de 1991, hace casi 30 años, en la revista Verdolay, en donde analizaba los amuletos contra el mal de ojo en la región murciana, y que nos servía para argumentar en el foro de AdR (pags.7 y 8 de “El sexo protector”, Ago-2014):
Lo que nos interesa es saber cómo protegerse del mal. Afirma que sin duda, la creencia estaría muy extendida en los monasterios, como lo prueba esos códices con los ojos diabólicos borrados y pudiera ser allí donde se relaciona el aojamiento con el diablo.
Los amuletos más usados desde la Antigüedad para la protección contra el mal de ojo son los de formas obscenas”. Se trata de “evitar la primera mirada, la más peligrosa; y como ha señalado a este respecto Elworthy, nada atrae tanto la curiosidad humana como lo obsceno”. Y ahora ya roza muy, muy de cerca nuestro objetivo, ilustrando incluso con una foto de un canecillo románico: “Por ello es usual encontrar amuletos antiguos en forma de falo, y en este sentido se han interpretado también los relieves y esculturas faliformes de la Antigüedad, 
que hallan continuidad en similares representaciones que se localizan con cierta frecuencia en las iglesias medievales”.

El artículo aparece en esta dirección:

https://www.murciaturistica.es/webs/museos/publicaciones/PUBLICACION_es_10177.pdf

Parece claro que el investigador, tras casi 30 años estudiando diferentes fuentes y alternativas, mantiene el mismo criterio, al que nosotros nos adherimos desde 2014 con entusiasmo.
Curioso canecillo superfino que recuerda los "tentetiesos" que estudiamos en Bolmir y Santillana. (Corullón)







miércoles, 24 de octubre de 2018

UTILIDAD DE LO APOTROPAICO (1 de 2)


Sorprender y asustar

Vamos a intentar mostrar la vinculación de las figuras y signos apotropaicos, cuya función es proteger del mal en general y del diablo en particular, que procedente de la antigüedad (amuletos protectores) se siguió utilizando en el románico (ver las insignias de los peregrinos medievales, capiteles con monstruos, los canes obscenos,etc.) y que usaban desde niños a mujeres y hombres adultos, extendiéndose en la vida cotidiana de las gentes. 
Nos interesa especialmente distinguir con claridad lo que era apotropaico de lo que era didáctico o ejemplarizante. Así, la femme aux serpents, muchas veces desnuda, envuelta en eso, las serpientes, no es una figura apotropaica pese a su desnudez porque está dando catequesis, recibe su castigo, las serpientes la muerden y por tanto imparte una lección. Eso ocurre, por ejemplo, en los canes perfectamente estudiados por Omedes en Santa María de Uncastillo con el clérigo y “la modelo”, que en su apasionada relación están recibiendo el castigo de serpientes y bichos. Lo apotropaico no imparte lecciones.
Una figura desnuda, de manera general, es apotropaica per se, no tiene que estar más que exhibiéndose, sin hacer nada más, incluso los y las masturbadores. Por ello, la femme aux serpents no es apotropaica.


Como su misión es sorprender, chocar, incluso asustar (especialmente al diablo) si la figura desnuda mostrada tiene aún más “sorpresa”, como un hermafrodito, que sorprende a diablos y humanos, es mucho más eficaz. Por eso aparece en la cumbre de la catedral de Módena, donde sólo lo ven los diablos.
Y aunque el 26-JUL-17 ya mostramos un grabado de Durero en el que describe más sutilmente la historia medieval, vemos ahora un dibujo más directo, de la colección del British Museum del británico Thomas Rowlandson relatando lo mismo con los personajes más “expuestos”. Repetiremos el motivo: Un campesino labrando su tierra se ve sorprendido por un personaje que aparece de pronto con un aspecto peculiar. Se apuesta con nuestro hombre a ver quién de los dos será capaz de labrar más tierra al día siguiente sólo con las manos. El campesino acepta la apuesta, ya que está muy entrenado. Cuando vuelve a su casa, explica a su mujer que el sujeto con el que ha apostado tenía cuernos, un rabo, era muy flaco y voz chillona, y pensaba que lo iba a ganar fácilmente. Lo mujer reconoce por la descripción al diablo y se preocupa sobremanera porque teme perder su hacienda en la apuesta al día siguiente.
Grabado de Durero

Muy de mañana la mujer trajina en la cocina cuando de pronto aparece el diablo preguntando por su esposo para cumplir la apuesta. De pronto, ella levanta sus faldas y enseña su “pudenda” al diablo, quien aterrorizado ante lo que vé, pregunta: “¿quién te ha hecho esa terrible herida que tienes entre las piernas?”, a lo que la mujer responde con tranquilidad: “Mi marido con sus dedos, anoche mientras  se entrenaba para la apuesta de hoy”.
Ante aquella muestra de ferocidad del rival, el diablo se rinde y abandona la casa, salvando así la mujer la hacienda familiar.
Esto es una muestra bien directa del contenido de una acción apotropaica: mostrar sexo con sorpresa para ahuyentar al diablo. Los canes obscenos, que aún hoy nadie espera ver en una iglesia, tienen la misma función: proteger asustando.

Dibujo menos sutil de Rowlandson con la misma historia(B.M.)

Protección de los difuntos

Hemos visto que, pese al valor que se ha dado a los textos de monjes contemporáneos del románico denostando de su iconografía (Glaber o San Bernardo), sus palabras quedaron huecas porque la rápida extensión de templos del mismo estilo a partir de la segunda mitad del siglo XI no obedeció a estados exultantes de alivio por escapar del fin del mundo, ni se dejaron de esculpir figuras monstruosas o llamativas tanto en claustros como en portadas y aleros de las iglesias románicas; antes al contrario, su uso fue la norma.
Y los hechos están ahí: miles de iglesias románicas levantadas en siglo y medio en todo Occidente, algunas sobre ruinas de templos paganos anteriores y todas o casi todas surtidas de imágenes no sólo de monstruos o animales fabulosos, sino de figuras insólitas hoy para un templo cristiano y que se han conservado, respetadas por generaciones de usuarios de esos templos, en una permisividad de la autoridad eclesiástica, o alentada por ella, y una más que posible necesidad de los fieles, ambos no  documentadas, que les ha preservado hasta hoy. La mayoría de los canecillos obscenos –tal como aseveran los investigadores-han sido dañados en los dos últimos siglos, no antes. El sentido, la utilidad, se perdió mucho antes y luego acabó enterrado bajo miles de páginas condenando brujerías y hechicerías.
Canecillo de S.Esteban de Corullón (León).No es sexual pero es obsceno

Y no sólo pervivió esa imaginería durante siglos, sino que pasó a las gárgolas en el gótico y acabó en las misericordias de los coros vedados a los fieles. Tanta belleza deformitas ni era gratuita (en el más amplio sentido, para complacer al rácano santo cisterciense) ni era un capricho. Ya dice Ruiz Maldonado, creo que referido al templo de Ventosilla en Segovia (lo cito de memoria) que en los canes de ese templo, con una escena sexual en su interior, como hemos analizado en este blog,  parece haber una entente cordiale entre los usuarios, que piden poner lo que “necesitan” y el párroco, con una aparente escena de consagración de la misa. 
Canes de Ventosilla (Segovia) donde un hombre hace muecas junto al celebrante y un obispo, síntesis de apotropaismo

Aunque a nuestro entender, tanto el personaje que hace muecas como el cura consagrando a su lado tienen una finalidad apotropaica: ambos sorprenden al diablo que intente acosar el templo, uno con una expresión obscena –la mueca- y otro mostrando algo que rechaza el diablo: la Hostia consagrada (en algunos enterramientos se ponía junto al difunto ese mismo elemento –suponemos que “falsa”, es decir, sin consagrar- para despistar al diablo, que huiría sorprendido de esa protección inesperada en un difunto).
Pero hemos de situarnos en el comienzo, como decimos, a mediados del siglo XI, coincidiendo dos hechos básicos: la reforma gregoriana que se avanza antes ya del 1070 y la consolidación rápida del cristianismo, que lleva nuevas normas a la vida social de los pueblos. Y, aparte de otros muchos ámbitos, nos interesa resaltar la necesidad de enterrar a los difuntos en terreno sagrado. Según veremos, el mismo Papa se ocupó de que se acometiera una revolución en el respeto a los difuntos, su veneración y la necesidad de protegerlos. El imprescindible uso de reliquias para consagrar los nuevos templos traía consigo también la consideración y respeto a los antepasados. Para los paganos porque los difuntos maltratados podían atraer problemas para la vida diaria y para los cristianos porque su recuerdo y devoción podría ayudar a que alcanzaran la vida eterna. Si el alma del difunto descansaba en paz, también la vida diaria de sus familiares no se vería molestada. 
Canecillo de Corullón León) con exhibicionista masculino
 que parece llevar algo en su mano izquierda
Elemento abundante en el románico inglés "The moon".Corullón
Según cuentas los arqueólogos, en los primeros siglos del cristianismo, los enterramientos se hacían hasta el siglo IV y más tarde, en las mismas necrópolis que habían venido usando los paganos. En una reciente conferencia en el Mupac de Santander se citaba una excavación en la zona de Valderredible en la que sobre enterramientos anteriores aparecían otros en disposición aleatoria, en una cierta confusión, como si los más recientes fueran resultado de un traslado desde otros lugares no adecuados. Entre los restos aparecieron jóvenes difuntos y niños a los que se había enterrado con anillos en los dedos, alguno de oro, en los que figuraba una cruz con las iniciales P y N a cada lado de los brazos de la cruz. En nuestra opinión, eran las iniciales del Pater Noster con que, además de la cruz, se protegía a los difuntos, casi siempre, como luego se hizo con pequeñas filacterias que se llevaban cosidas a la ropa, con finalidad apotropaica, de protección contra el mal, muchas veces representado por el temido mal de ojo. En siglos pretéritos, lo que se lucía en los dedos de los difuntos como elementos apotropaicos, como vemos en la foto, eran falos, otro poderoso amuleto. Se cambió el elemento protector,cristianizándolo,  pero se mantuvo la finalidad.
Anillo con falos protectores procedentes de enterramientos (B.M.)

 La protección a los difuntos siempre ha sido una norma en todas las sociedades, pero la Iglesia católica decidió reglar y ordenar esa costumbre, prohibiendo lo que se había venido haciendo de enterrar cerca de la casa o en un prado junto a la comunidad. Se impuso el entierro en sagrado, lo que aparentemente fue un grave problema, porque no todos los pueblos lo tenían y debían realizar un largo traslado hasta el pueblo donde lo hubiera. Por eso se consideró prioritario disponer en cada pueblo de un camposanto, sobre el que se construyó la iglesia para el servicio de los rezos que requerían los difuntos.
Cuentan mis amigos arqueólogos de una zona tan específica como los montes pasiegos en Cantabria, de donde se admiraban los frailes dominicos, predicadores, aún en el siglo XVII de que aún no habían recibido “la palabra de Dios”. Aquellos habitantes tan diseminados en la montaña rara vez aparecían en núcleos urbanos y hasta no hace tanto, ni registraban a sus hijos. El empleado de la oficina de la Caja de Ahorros en la Vega de Pas, que guardaba los dineros de los pasiegos “modernos” (lo habitual era guardarlo escondido en las cabañas) pasó muchos apuros para lograr el DNI de aquellos escurridizos titulares. No veían la razón de estar fichados. Los pasiegos no iban a la mili.
Pues bien, cuenta el Dr.García Alonso, arqueólogo, que al no tener parroquia cercana, los pasiegos difuntos, para ser enterrados en sagrado debían ser transportados en mulos o en andas caminando más de 20 kms.por los montes hasta la parroquia ya en territorio burgalés. Todo este a principios del siglo XX.
La pareja de exhibicionistas sexuales que no falta en ninguna iglesia que se precie de apotropaica. En Cervatos o Bolmir aparecen en tres fachadas y en la primera también en las ventanas. (Corullón. está en pleno Camino de Santiago)

El entierro en sagrado se impuso por la Iglesia y en un artículo que luego analizaremos se propone que aunque pensamos que el cementerio se formaba alrededor de las iglesias, al ser sagrado por proximidad, realmente lo que se hizo en muchos casos era elegir un terreno vacío, consagrarlo con una ceremonia parecida a la de las nuevas iglesias, y constituir un cementerio, donde más tarde se levantaba una iglesia para dar servicio al culto a los difuntos. Y no al revés, como muchas veces pensamos.
Y en esa iglesia que se levantaba, se ponían aquellos elementos necesarios para procurar la paz y proteger a los difuntos, expuestos a la acción del Maligno y de los aojadores. 
Bárcena de Pienza, al norte de Burgos tiene el camposanto ocupando la nave.

Sabemos que lo normal es encontrar cementerios en torno a una iglesia románica y en algunos casos, la iglesia ha desaparecido pero su recinto (sagrado) se ha convertido en cementerio (Barcena de Pienza). Si nos fijamos, en algunos iglesias románicas, como en Santa Marta de Tera, a la que rodea el cementerio parroquial, vigila en lo más alto del templo un siniestro diablo en similar postura a la que luego mostrarán sus colegas de París. No dejan de acompañarle canes obscenos. Lo igual repele a lo igual.
Santa Marta de Tera rodeada del cementerio La iglesia tiene muchos elementos apotropaicos
Rudimentario canecillo con el exhibicionista
Portador de barrica exhibicionista (Sta.Marta)


El diablo vigila desde lo alto de Sta.Marta de Tera, como las gárgolas de Notre Dame de Paris


Probable músico exhibicionista (Sta.Marta)

Galerias porticadas


En algunos casos, especialmente en la vieja Castilla, lo que rodea más próximo a la iglesia es la galería porticada, que precisamente se utiliza como un camposanto, con más privilegio que lo más alejado. Esto lo estudia a fondo el profesor Salgado Pantoja en el Codex 26 (accesible en internet) del que tomamos algunos datos. Cita el uso práctico de esas galerías, nacidas a partir del siglo XI para ceremonias públicas, como la entrega de la novia y la celebración de ordalías, la culminación de las procesiones o la impartición del bautismo. No nos resistimos a mostrar un capitel de Ansemil (Orense), junto a una puerta lateral que debía tener próxima la pila bautismal, por lo que, a nuestro juicio, se esculpió una escena de bautismo de adultos. No es que falte la pila en el  capitel, es que estaba a los pies.
Capitel portada lateral de Ansemil (Pontevedra) con escena de bautismo de adultos y sus padrinos

Incluso las mujeres postparidas observaban su impureza en ese recinto antes de su purificación y relata ampliamente la protección que suponía para los perseguidos el acogerse a sagrado.
Pero lo que nos hace traer ese texto es la utilización de la galería como cementerio privilegiado. “…en la Alta Edad Media, aún se seguían utilizando las antiguas necrópolis romanas para la inhumación de cadáveres. No obstante, el origen pagano de las mismas terminó por ser determinante para su paulatino abandono.”
Entre los siglos VI y IX, como hemos comentado, no había norma fija, de modo que se encontraban necrópolis muchas veces usando lo pagano por inercia. “Sin embargo –dice el dr.Salgado-la pronta consolidación de la religión cristiana propició en la Península un indisoluble vínculo entre los lugares de enterramiento y el tempo de culto, algo especialmente perceptible desde el siglo IX.”
San Miguel junto al diablo en la torre de Vizcainos de la Sierra
Destacamos esta última utilidad apotropaica, “casi pagana” que dice Yarza.
El estudio nos lleva a la conclusión de algo que se nos olvida: la iglesia era el único lugar social de los pueblos, no había otro sitio para reunirse y debatir, juzgar, anunciar compromisos, incluso operaciones mercantiles, y aunque se detiene en los frecuentes alquerques o inscripciones con juegos, razonable en un lugar de reunión, no dejamos por ello de pensar que en muchos casos, sobre todo si estaban inscritos en los muros, no podían servir para jugar sino como elementos protectores, igual que muchos canecillos. Y allí había difuntos que proteger.
Magníficos capiteles de Santa Marta de Tera con un sentido apotropaico sin recurrir al sexo por ser una parte noble: la puerta


De nuevo, Silos

Y aunque nuestro propósito es incidir en la relación camposanto-iglesia-imágenes apotropaicas, vamos a citar un caso palmario del uso de un ámbito sagrado como era el claustro de Silos para lugar de enterramiento y cómo se “decora” ese espacio con originales y maravillosas figuras apotropaicas: sus capiteles.
Capiteles del claustro de Santo Domingo de Silos

Tomamos de nuevo el gran estudio de Gerardo Boto sobre los “Ornamentos sin delito…” en donde destaca cómo esos pasillos del claustro se llenaron de tumbas: en el uso cementerial del claustro “Silos alcanzó extremos desconocidos en la Castilla de los siglos XI y XII”…”En Silos, como en la colegiata de Santa María de Arbas (León) y en la excatedral de Roda de Isábena existía la costumbre de orar por los difuntos en una procesión que se celebraba a lo largo del claustro”. Se trataba de hacer presente la comunidad de vivos y difuntos. Y uno de los elementos para mi más seductores del claustro era la edificación en un ángulo, del sepulcro de los Finojosa, laicos enterrados entre los monjes, erigido quizás a primeros del siglo XI. De los capiteles de dicho sepulcro no se tienen información clara, pero no diferían mucho del resto. Sin embargo de los cuatro sepulcros (padre e hijos) se cuenta cómo eran las tapas, con figuras de bueyes conducidas por un hombre y la caza del jabalí, en ambos casos animales con cuernos o marfiles. Ya hemos apuntado varias veces que, en nuestro opinión, lejos de significar una alusión al mundo agrario, ni siquiera a la mansedumbre y obediencia laboriosa, la presencia de animales con cuernos era un elementos de valor apotropaico, de ahí la abundancia de animales con cuernos, los mismos que luce el diablo.  “De los caballeros que están sepultados en el patín son cuatro sepulturas, las dos tiene unos bueyes en hilera y un hombre delante que con la vara los guía…Sobre la una sepultura están cabalgaduras y gente que las lleva; y en la otra los bueyes y un caballero que tiraba a un jabalí, del cual está asido un perro”, destaca Boto de la crónica de Sandoval en 1615 referido a las tapas de los sarcófagos. De los bueyes tenemos en Bareyo ejemplo y menos en Cantamuda; de la caza del jabalí tenemos entre otros un ejemplo en Oviedo o en Piasca. El uso de escenas de cacería como homenaje a la valentía de los guerreros se remonta más allá de los mosaicos romanos, casi siempre con connotaciones funerarias como La Olmeda, señala Boto.
Capitel de Bareyo (Cantabria) con los bueyes.¿Lleva pendientes el boyero?

Caza del jabalí en un cimacio de Piasca (Cantabria) quizás algo más que una escena costumbrista


El brillante historiador leonés relata el traslado de las reliquias de San Curtberto en 1104, cuando se aprecia el material lujoso que envolvía sus restos. “La decisión de proteger al santo con las mejores sedas no estaba determinada –no podía estarlo, nadie las vería- por un ánimo exhibitorio. La aplicación de los ornamenta a objetos muebles o monumentos a menudo persiguió proclamar la virtud espiritual del personaje antes que regalar las miradas de la audiencia”. Opinamos que, como pasa con las alejadas gárgolas y los casi invisibles canes, no se ponen esos materiales atractivos, sorprendentes, para la contemplación de los humanos. Los espíritus que deben ser alejados son capaces de entrar por rendijas, sobrevolar tejados y entrar por ventanas. Por eso hace falta proteger tanto al edificio como a la sepultura.
Tela de sudario con dibujos que
recuerdan los capiteles de Silos
(blog Baul del Arte)

Destaca Boto que no debía de ser muy diferente el gusto de los religiosos del de los laicos a efectos de los elementos esculpidos, al punto que el segundo taller mantiene temáticas del primero intentando una continuidad, prueba de la “eficacia” de los motivos, que, como hemos opinado, responden a inspiraciones de tejidos orientales con los que se amortajaban a personajes y a filigranas marginales dibujadas en los códices y los marfiles que habrían servido para ahuyentar al diablo de sus aproximaciones a los cadáveres. Eran eficaces no sólo porque así lo creían, sino que al ser contemplados por los vivos, les infundía un sentimiento de haber hecho lo posible –además de rezar-  por proteger a los difuntos. Los tejidos suntuarios, paños grecisos, telas andalusíes y otros ricos materiales “circularon por Toledo y por otras cortes hispanas desde décadas atrás. Es más, algunos de esos materiales fueron empleados para forrar los sepulcros de santos y mártires” añade el doctor Boto.
“Este uso común de la figuración profana prueba, una vez más, hasta qué punto los miembros más favorecidos del estamento clerical compartían los gustos estéticos de los aristócratas laicos”, dice Boto. Si se me permite el atrevimiento de apostillar esta idea, considero que no se trataba solo de “gusto estético” sino de reconocimiento de la utilidad, la necesidad de uso de unas figuras cuyo sentido apotropaico –nada que ver con imágenes paganas- resultaba adecuado para un entorno cementerial. Esas figuras y no otras, tenían la función de atraer las miradas y enredar con su belleza y misterio a los diablos que pugnaban por hacerse con las almas de los difuntos presentes.
En un significativo estudio de Michel Zimmermann sobre las actas de consagración de iglesias en la Cataluña de los siglos IX al XII, con la constitución de las parroquias, señala como luego veremos con Vauchez, la práctica habitual de que un obispo consagre en pocas jornadas varias iglesias. “El conocimiento de los cementerios medievales ha sido profundamente renovado en los últimos decenios. Desde los años cincuenta, los arqueólogos habían demostrado que las necrópolis en pleno campo habían sido abandonadas hacia el siglo VII o VIII; se había deducido que habían sido reemplazadas por cementerios rodeando las iglesias. La hipótesis ha sido recientemente puesta en cuestión, a la vista de excavaciones que han revelado la frecuencia de inhumaciones aisladas o por pequeños grupos en la proximidad de las casas: la época carolingia habría así constituido un periodo transitorio, en el curso del cual no se inhumaba más en las necrópolis paganas, pero tampoco se agrupaba necesariamente aún los difuntos en torno a la iglesia (según Zadora-Rio, cuyo trabajo también veremos luego). Una relectura atenta de los textos ha mostrado por otra parte que no se encuentra rastro alguno de consagración de cementerios antes del siglo X…E.Zadora-Rio deduce que el cementerio cristiano está aún en vías de elaboración en los siglos XI y XII”.

(Seguimos en la segunda parte)



jueves, 4 de octubre de 2018

TÓPICOS ROMÁNICOS


Hemos mencionado en artículos anteriores cómo a veces los historiadores apelan a algún “comodín” para explicar determinados capiteles, cuyo significado no encuentran por el propio contexto de su iconografía y uno de esos comodines suele ser algo tan manido como “la lucha del bien contra el mal” o en los casos de devoración de un humano por un monstruo, aquello del “pecador despedazado por un diablo monstruoso”.

 De este modo, en el capitel contiguo a Daniel entre los leones que le lamen los pies en la portada de Yermo (Cantabria), veía García Guinea al “pecador destrozado por las fauces airadas de sus vicios” a la vista de los dos leones opuestos por la grupa que con gesto amenazador encaran a un personaje efectivamente despedazado. Cuando Olañeta investigó la relación de este capitel con otro similar con el ciclo completo de Daniel en el foso, esculpido en el cercano claustro de Santillana, lo presentó en una conferencia que organizamos en el Ateneo de Santander a la que fue invitado el insigne profesor, quien con su incomparable categoría humana, reconoció que efectivamente, en ambos capiteles, se estaban relatando la secuencia derivada de la milagrosa salvación de Daniel, tal como se describe en el capítulo XIV del libro del profeta en la Biblia, por lo que la conclusión de que allí se representa el castigo a los conspiradores contra Daniel se apoyaba en el texto bíblico y por tanto era correcta. Por desgracia, esa versión última correcta no fue recogida en la Enciclopedia, donde aún figura mal interpretada y aún hoy hemos de matizar en las visitas la explicación de la EdR, ya superada por lo publicado por Olañeta en el Codex y en su tesis doctoral.

Capiteles de Yermo (Cantabria) con Daniel en el foso y a su lado, el castigo a los conspiradores, tal como supo ver J.A.Olañeta al compararlo con su inspirador en el claustro de Santillana.

 No sólo descubrió Olañeta esa presencia bíblica en ambos capiteles cántabros; su tesis sirve de base para demostrar que otro “tópico”, en este caso el personaje que maneja o sujeta animales, el también manido “señor de los animales” no es tal. No existe en el románico esa figura cuyo origen mesopotámico no se conoció hasta entrado el siglo XIX por lo que difícilmente lo conocerían en la Edad Media.

Lado occidental del capitel de Daniel en el foso del claustro de Santillana con el castigo a los conspiradores. El despedazado tiene como en Yermo la cabeza hacia abajo, cayendo al foso y la melena partida en dos. Daniel contempla la escena asomado al borde del foso.

Viene esto a cuento de que hay ciertos tópicos o lugares comunes que vemos tantas veces publicado como soporte de algunas lecturas, que si uno muestra sus dudas, parece salirse de la riada con riesgo de ser anatematizado o para otros, de poner en evidencia nuestra supina ignorancia.
Ejemplo de falso "señor de los animales" en el cementerio de Maliaño (Cantabria) sobre unas termas romanas, a 200 m.del aeropuerto "Seve Ballesteros" de Santander.

TÓPICOS QUE HAY QUE DESMONTAR

Se usan dos de estos tópicos que me resultan especialmente molestos porque influyen en la forma de encarar el estudio del románico. Por un lado tenemos el manido texto del monje Raoul Glaber (Glaber es apodo y significa “lampiño” ya que el monje carecía de pelo en todo su cuerpo) según el cual la rápida y fulgurante expansión del románico en un relativamente corto periodo de tiempo obedeció a la reacción exultante de la cristiandad al comprobar que no se había producido el temido fin del mundo al llegar al milenio. Como si fuera un guión de un film de Frank Capra. Luego lo veremos con más detalle.
El otro tópico, a mi juicio, es el tan manido texto de San Bernardo sobre la “Formosa deformitas” que sirve para explicar la reacción de la Iglesia contra la iconografía románica y que, aunque finalmente encontró acomodo entre los edificios cistercienses, no significó la “condena” ni la descalificación de las figuras románicas que poblaban los templos de toda Europa.
Si ponemos en duda esas dos teorías (la de Glaber y la de San Bernardo) quizás podamos aproximarnos a la realidad de ese tiempo, en el que se hizo muy necesario disponer de templos para proteger y venerar a los difuntos y a la vez esos templos debían estar dotados de medidas o de imágenes para efectuar dicha protección.
Para ello lo mejor, como siempre conviene, es leer el propio texto del fundador en esta web para sacar conclusiones:

Parece evidente que la carta al abad Guillermo comienza siendo una explicación fraternal de la diferente manera de enfocar la vida monástica entre benedictinos (cluniacenses) y cistercienses, repleta de justificaciones, apelando al mismo fin que persiguen todos en la diversidad, porque los enfrentamientos dañaban la imagen de la Iglesia. A partir del capítulo 10 endurece su crítica a la vida acomodada de otras órdenes (precisamente su destinatario, sin citarlo). Al llegar al capítulo 16 comienza a denigrar de los lujos superfluos, como los adornos desmesurados en las iglesias, y en el 20 acomete la poca moderación en el comer y el beber, llegando a  criticar la manera de cocinar los huevos. En el capítulo 28 comenta un hecho curioso, teniendo en cuenta que este texto es de 1124: “los criados con acicaladas pelucas” que acompañaban en su rico séquito a los abades cluniacenses, lo que parece más bien una estampa del siglo XVIII. (Este detalle de las pelucas puede ayudar a comprender algunos capiteles, como el de la nave, lado de la epístola de Santa Mª. de la Serós).
(En la imagen, el capitel de la Serós, con personajes que parecen llevar pelucas.).

 En su relación de excesos  critica los mosaicos (“pinturas en el suelo que todos pisan”) y las figuras de santos con materiales caros.
Todo ello lo hace porque tiene presente que primero ha de atenderse a los pobres. Finalmente en el capitulo 29 ataca las esculturas de los claustros (nunca menciona las fachadas ni los aleros) donde los monjes deben leer y meditar y esas extrañas figuras los distraen. Es evidente que el “doctor melifluo” conoció el esplendor de Cluny y otros monasterios, pero lo que le incomoda es el gasto, lo que cuesta, sin importarle su utilidad, que probablemente no conoce. La pregunta es ¿por qué se siguió utilizando la escultura en monasterios cluniacenses y muy profusamente en las iglesias románicas que todavía se siguieron levantando hasta bien entrado el siglo XIII? Evidentemente, la aislada opinión del santo no mereció más atención que en el ámbito cisterciense.
Más aún, observa agudamente Beatriz Fernández Ruiz en “De Rabelais a Dalí: la imagen grotesca del cuerpo” que “Shapiro destaca que el propio S.Bernardo no pudo escapar del atractivo seductor de las esculturas monstruosas de los claustros románicos, ya que fue capaz de hacer una descripción tan exhaustiva de ellas, que se han identificado todos los motivos que mencionaba.” (la deformis formositas ac formosa deformitas, por su propia estructura quiásmica y antitética semeja un diseño típico del arte románico”, dice Shapiro).
En la imagen, capitel del claustro de Silos.

Aun aceptando que se construyó en románico muchos años como movimiento de inercia cuando ya se iniciaba el gótico, parece razonable concluir que los usuarios demandaban ese tipo de iconografía. No es precisamente el gótico un alarde de modestia y sencillez. La austeridad de la reforma cisterciense se circunscribió, al parecer, a los monasterios de su órbita, al menos durante bastantes años. Tomemos el texto y subrayemos:
Pero en los capiteles de los claustros, donde los hermanos hacen su lectura, ¿qué razón de ser tienen tantos monstruos ridículos, tanta belleza deforme y tanta deformidad artística? Esos monos inmundos, esos fieros leones, esos horribles centauros, esas representaciones y carátulas con cuerpos de animal y caras de hombres, esos tigres con pintas (1), esos soldados combatiendo, esos cazadores con bocinas... Podrás también encontrar muchos cuerpos humanos colgados de una sola cabeza, y un solo tronco para varias cabezas. Aquí un cuadrúpedo con cola de serpiente, allí un pez con cabeza de cuadrúpedo, o una bestia con delanteros de caballo y sus cuartos traseros de cabra montaraz. O aquel otro bicho con cuernos en la cabeza y forma de caballo en la otra mitad de su cuerpo. Por todas partes aparece tan grande y prodigiosa variedad de los más diversos caprichos, que a los monjes más les agrada leer en los mármoles que en los códices, y pasarse todo el día admirando tanto detalle sin meditar en la ley de Dios. ¡Ay Dios mío! Ya que nos hacemos insensibles a tanta necedad, ¿cómo no nos duele tanto derroche?

 (1)   Se deduce que S.Bernardo tuvo el privilegio de ver los capiteles pintados, como lo estaban todos en la época. Hoy esos tigres, ya sin pintas, puede ser confundido con leones.

Parece claro que al santo fundador, a quien su fuerte integrismo le llevó a predicar la segunda cruzada, que fue un fracaso total y costó la vida a millares de personas (fieles y paganos), no entendía ni nadie la había explicado la utilidad de esas figuras. No las encuentra necesarias y sobre todo, son caras. Así, cuando ve un mosaico, se pregunta para qué pisar esa belleza, donde “más de una vez se escupe en la boca de un ángel o se sacude el calzado sobre el rostro de un santo, si con una simple losa es suficiente. Pero no intenta preguntar para qué se ponía aquello tan caro. Y evidentemente no era por adornar, ni como el doctor melifluo dice, para entretener a los curiosos. Los suelos con mosaicos se utilizaban desde siglos antes en muchas culturas.
(En la imagen, mosaico de Lescar en foto de Paula Guillot,con el arquero cojo y su olifante)

 Pudiera desprenderse de esta postura que casi al tiempo que se esculpían esas figuras ya se estaba perdiendo su utilidad, su sentido, su significado. Sin embargo, los modelos de monstruos simétricos  en claustros y obscenidades en los aleros se seguían repitiendo, al menos quizás porque si haces lo mismo que los demás, parece que te sientes protegido en la uniformidad. 
 Parece que San Bernardo, cuyas dosis de cinismo aparentan ser de cierto calibre, no preguntó ni nadie le explicó para qué se disponía esa multitud de figuras llamativas, y eso sólo en los claustros. Sin embargo, no dudó en escribir que “las audiencias piden discursos que estimulen la devoción del pueblo carnal con ornamentos materiales porque con los espirituales no es posible lograrlo” o sus recomendaciones de introducir proverbios en las homilías a fin de estimular la mente de la audiencia. Como siempre, haced lo que digo y no lo que hago.
Sin embargo, no hay un solo texto que explique la utilidad apotropaica de esas imágenes y si existieron –que probablemente los hubo- fueron posteriormente eliminados porque sonaba a brujería: las únicas imágenes para luchar contra el diablo deberían ser las de santos y vírgenes. ¿Cómo se iba a combatir al diablo con imágenes diabólicas? Afortunadamente, los antropólogos estudiando las creencias (supersticiones, se les llama con cierto desprecio) y la religiosidad popular, que aún pervive, nos ayudan a dar con la explicación. 
Parece como si el recurso al desprecio por las imágenes esculpidas que mostraba el clérigo se “capitalizara” en muchas ocasiones para explicar que los monstruos, obscenidades y la iconografía no historiada eran excepciones, casos ajenos a los promotores, como cuando se nos quiere proponer  de manera absurda, que esas iconografías se hacían casi a escondidas, sin permiso, para ridiculizar a alguien o para inspirar el risus paschalis, del que apenas hay noticia en España y muy excepcionalmente en otros países.

Uno de los grandes estudiosos de esa iconografía que no entendió San Bernardo es el Dr. Gerardo Boto. Así, en su obra “Ornamento sin delito…” en la que estudia minuciosamente el sentido de los capiteles de Silos (de donde pensamos que hubo de tener también canecillos que se han perdido) y el modelo a seguir  para un gran territorio castellano, señala que “el Melifluo no supo advertir, como sí hicieran los cluniacenses, las virtudes implícitas de las imágenes monstruosas”.
Precisamente, la ausencia de apoyo escrito que mencionamos antes para explicar o justificar esa iconografía -monstruosa en el claustro y variada, incluyendo obscenidades, en el alero- hace comentar al Dr. Boto : “Este magro horizonte literario no sólo desaconseja la aplicación de lecturas simbolistas a la plástica monumental, sino que incluso pone en entredicho el conocimiento puntual del nombre y las propiedades de cada una de las distintas criaturas, incluso en medios monásticos”.
 De manera que esos eruditos que nos ofrecen un verdadero tratado de cada monstruo, sus propiedades y simbolismo no son capaces, en ocasiones, de responder a la pregunta del simple o “idiotae” encarnado en un servidor: ¿Para qué?

Donde sí podemos encontrar “modelos” (no explicación) de esas figuras –monstruos, obscenidades- es en los márgenes de los libros miniados, tema que ya hemos tratado ampliamente desde 2014 en el “Sexo protector” en el foro de AdR, y respecto a lo cual, estudiosos como Ruth Mellinkoff han destacado el carácter apotropaico de esas figurillas que aparecen enmarcando escenas sagradas. Si aceptamos que esa puede ser su función, no es difícil verlo en las esculturas que los imitan.

Que esa “decoración” (en el sentido de que era decoroso y apropiado esculpir esas imágenes) se disponía atendiendo a peticiones de clérigos y laicos, es decir, que provenía de donde todos venían, de la “cultura popular”, lo explica en su trabajo el profesor Boto: “Es difícil sostener hoy que la inobservancia de las normas y la transgresión, fueran los valores depositarios de la imaginería profana del siglo XII. Desde finales de la XI centuria los artistas plásticos mostraron un agudo interés por incorporar elementos y registros tomados de su cultura popular; en otras palabras, por reflejar en los márgenes imágenes tomadas “del natural”: temática sexual o lúdica.”…”los predicadores estuvieron expuestos continuamente a la cultura del auditorio, de la que con frecuencia acababan participando”….”la pretendida insolencia del artífice, que introduce imágenes soeces, inverosímiles o simplemente laicas en medios religiosos, no tiene por qué responder necesariamente a una voluntad de transgresión”. Y cita un comentario de Shapiro sobre los márgenes del relieve de Santo Tomás en Silos, que ya hemos comentado en otra entrada y que está al alcance de cualquiera que invierta unos euros en comprar el magnífico estudio que tratamos.
En el ámbito claustral, bastante “obsceno” se podría considerar la presencia de esos titiriteros en el sagrado relieve de Silos, pero nos debe llevar a reflexionar, por elevación, que las imágenes marginales colocadas en edificios (otros libros) y esculturas sagrados cumplían esa función apotropaica para distraer la atención del Maligno o cualquiera que fuera poseído por él, con escenas insólitas.
(Fotografía del borde superior del relieve de Silos)
Por eso, el profesor Boto entiende la visión de Camille respecto a la portada sur de Aulnay, plagada de bestias imaginarias, de la “contigüidad” de la cultura de los laicos y la del clero menos letrado, antes que un reflejo de una cultura popular ajena a la Iglesia. “A su carácter paródico –compartido con la narrativa oral coetánea- quizás se sume la función profiláctica dado que se trata de una galería de seres monstruosos”, señala el autor.
Son, por tanto, “mensajes convencionales entre promotor y audiencia”.
(Fotografia de Paula Guillot de la portada de Aulnay, con  los monstruos en la arquivolta exterior,)

Y añade: “La absoluta carencia en los archivos monacales de cualquier explicación o sentido de las figuras obscenas y llamativas e incluso de los bellos capiteles de prodigiosa talla y simetría, debería hacernos sospechar una intención durante siglos de borrar huellas de cualquier alusión  al origen “supersticioso” de las esculturas que tuvieron en principio un claro acuerdo entre las partes de su utilidad”.
Cuando los escritos de la época, como los de Lucas de Tuy justifican y reclaman imágenes en el interior de los templos, alegando hasta cuatro razones: adoctrinar, enseñando el dogma; didáctica, para provocar la imitación; la ornamental y una cuarta : la profiláctica o defensa de los fieles. ¿De quién? ¿Defenderlos de qué mal dentro del templo? Profiláctico es apotropaico. Cuenta Boto que el propio S.Bernardo (otra contradicción) tenía entre sus enseres personales una Biblia  ricamente ilustrada con figuras deformes (esperemos que formosas).
Un ejemplo que menciona el Dr.Boto es un olifante del Museo Victoria y Alberto de Londres en el que aparece una escena de la Ascensión añadida a un friso original con diversos animales, algo similar a lo esculpido en Silos. Si vemos otro olifante del Museo de Cluny en París, nos hace pensar que no hay añadidos, sino que fueron tallados los temas profanos y sagrados a la vez. Coincide que como instrumento de caza (pieza de lujo, pero claramente referida a la caza, plagada de elementos apotropaicos : los cojos halconeros de Jaca, el ballestero cojo de Lescar, etc) se pretendía dar protección a los portadores con imágenes sagradas, que a su vez eran protegidas por el friso de animales salvajes, como elementos de distracción de las intenciones malignas, incluídas las fieras objeto del cinegético deporte. Todo ello con el fin de lograr éxito en la cacería.
(Foto de http://www.musee-moyenage.fr/collection/oeuvre/olifant.html, Museo de Cluny, Paris,con varias vistas)

De todas maneras, dejamos ahí ese apunte para no meternos en jardines que cultivan maestros que nos enseñan y, como dice el propio santo fundador “es mejor decir poco con paz que mucho con escándalo”.

LA REFORMA GREGORIANA

Que el manido texto de S.Bernardo haya que verlo en su limitado alcance, lo acredita, entre otros eruditos, Weisbach en su “Reforma religiosa y Arte Medieval”. Opinamos que la expansión del románico y su iconografía “laica” tiene mucho que ver con la Reforma y muy poco con los comentarios de los monjes cronistas que manejamos, como más tarde intentaremos explicar. No nos cansaremos de insistir en que dicha Reforma tuvo un alcance mucho más allá de los ritos litúrgicos y con apoyo de reyes, reinas y nobles, supuso un revulsivo de la vida civil, como hemos comentado en este blog relativo a los juicios, paz de Dios y fueros. Así inicia su libro Werner Weisbach: “el movimiento reformador se inicia en el siglo X por el monasterio de Cluny y por sus tendencias…tuvo profundas consecuencias para la vida eclesiástica y mundana”. La vocación peregrina de la orden les condujo a fomentar el intercambio con los reinos hispanos y el auge del culto a las reliquias, “leit motiv” de las peregrinaciones.
Descarta el autor incidencia alguna sobre los terrores del milenio, “antes bien, varios motivos apuntan contra tal idea” y “estos anuncios del fin del mundo “encontraron una tan fuerte oposición por parte de la Iglesia, que no es posible admitir el punto de vista de que el temor al fin del mundo haya jugado un papel considerable en la vida espiritual de la época…La Iglesia no tenía interés alguno en favorecer un estado de ánimo que hubiera tendido  a sumir al pueblo laico  en un letargo de terror y a interrumpir las actividades vitales”.
Pero hemos de volver al otro tópico: el rechazo a la escultura “monstruosa” de S.Bernardo. Tras analizar lo limitado de su opinión: “el santo no parece tener del arte una alta estimación y no se ha ocupado de él seriamente” ni entiende su simbología, añade Weisbach: “No hay ningún  indicio de que la sarcástica invectiva de S.Bernardo haya encontrado resonancia en círculos extensos. Aún hoy, un sabio católico (Wilmart) estima que la polémica, aunque contenía amargas verdades, sobrepasó toda medida y rozó la sátira más de lo necesario”. Por eso, el abad de Cluny, Pedro el Venerable, harto de tanto fariseísmo en los reproches cistercienses, replicó a San Bernardo (y sin nombrarlos, como había hecho él en la famosa soflama anterior) : “Oh, vosotros, nueva estirpe de fariseos, que han sido devueltos al mundo! Que se apartan de los demás, se prefieren a todos y dicen lo que el profeta predijo que habían de decir: No me toquéis, porque yo soy puro”.
Podemos ver con claridad que la vocación de Cluny era atender a los fieles, viajar, la peregrinación, el intercambio cultural, expandir la reforma, mientras las otras órdenes se encerraban en sí mismas y se aislaban.
Otro párrafo esclarecedor de Weisbach:  “Cuando se conocen las circunstancias de aquel tiempo, parece algo inocente la concepción de los investigadores modernos que, convencidos, sin más, de la eficacia decisiva de la invectiva de San Bernardo, presentan las cosas como si el abad de Clairvaux hubiese, a modo de un exorcista todopoderoso, expulsado de la escultura eclesiástica las ilusiones demoníacas…su voz no fue más que una entre otras encontradas y así es fácilmente comprensible la escasa influencia que tuvo de hecho su advertencia, que él solo podía hacer obligatoria dentro de la orden cisterciense que le estaba sometida”.
Y respecto a lo comentado sobre el montaje de los terrores del milenio, está disponible un trabajo de Juana Torres de la Universidad de Cantabria “El cronista del año mil: Raul Glaber” que recorre la biografía un tanto “giróvaga” del cronista, que amplía el relato desde el año mil a 33 más tarde, para poder abarcar las dos posibilidades respecto a la vuelta de Cristo (según su nacimiento o su muerte) y con la misma intención, trata de buscarse un hueco entre los escritores eclesiásticos de su tiempo, no como un copista ilustrado. Y por ello incluye sin venir a cuento en lo que debería ser una historia, su teoría de la divina cuaternidad, que conecta desde los elementos naturales a las virtudes, pasando por los cuatro evangelistas y acabando en los cuatro ríos del Paraiso, sin aparente resultado exitoso de su tesis. “Se trataba, en definitiva –dice la autora- de armonizar la historia, entendida como una historia de la salvación, con el orden del cosmos”. Tanto los prodigios como las  catástrofes que enumera para justificar “su” milenio no dejan de ser similares a las que se han producido antes y después de la fecha de su crónica.
Una de las formas de purificación eran las peregrinaciones, pero no porque la gente pensara en el milenio, sino porque la influencia de Cluny en todo occidente impulsaba las peregrinaciones (Santiago, Roma, Tierra Santa) y de este modo, Jerusalén recibía cantidades ingentes de peregrinos.
Y así es como la autora comenta: “Raúl nos describe el aspecto de las ciudades, llenas de nuevas construcciones, con la siguiente metáfora: “era como si la propia tierra sacudiéndose y liberándose de la vejez, se revistiera toda entera de un manto blanco de iglesias” (III, 4,13). Posiblemente, con una perspectiva menos espiritual, lo que sucedía era que, ante la situación de crecimiento económico, la Iglesia habría puesto en circulación las riquezas hasta entonces acumuladas.  Se celebraron asambleas de paz con el compromiso de abstenerse de cualquier hostilidad durante ciertos periodos del calendario litúrgico, las denominadas “treguas de Dios”.
Las peregrinaciones acarreaban la necesidad de acumular reliquias (conocemos en enorme tráfico de ellas) y por ende, la aparición de numerosas curaciones milagrosas. “Todos se sentían arrebatados por un entusiasmo tan intenso que indujo a los obispos a levantar hacia el cielo el báculo, y los fieles, tendiendo las manos a Dios, invocaron a coro: ¡Paz, paz, paz!” (IV, 5,14 y 16)” termina el libro IV de Glaber en una nueva imagen triunfalista.
(En la imagen, Beato de San Millán)
Pero como venimos comentando, esa visión cinematográfica de la razón del rápido aumento de iglesias románicas en tan corto plazo (apenas siglo y medio) tiene poco que ver con la realidad. A nuestro juicio, como hemos adelantado, la Reforma Gregoriana y las nuevas formas de venerar a los difuntos y su protección, entre otras muchas medidas civiles y religiosas de la Reforma, son las que provocaron esa necesidad de que cada pueblo tuviera “su” iglesia, que el modelo fuera repetido (lo difícil es encontrar un templo románico en el que no haya elementos apotropaicos) y se esforzaran en hacer “lo conveniente” y adecuado para los fieles, sus difuntos y para quienes atendían sus necesidades espirituales. Todo ello con el impulso de los monjes de Cluny bajo el abad Odilon. Pocos decenios después, con sus propios monjes ocupando el papado, se expande la Reforma que llevará –en algunos casos, como en Castilla, con fuerte oposición- la nueva liturgia y las nuevas leyes a la vida de los cristianos.
Lo veremos en el siguiente artículo.